![]()
Griffin dice que con el fin de la Guerra Fría, la ausencia de una "sola amenaza externa amplia a la seguridad nacional" y el vuelco creciente de la atención a los intereses internos hacen más difícil para la administración conseguir el respaldo de demócratas y republicanos en el Congreso para las metas de política exterior del presidente. Como enlace principal de la Casa Blanca con el Congreso desde diciembre de 1993 hasta febrero de 1996, Griffin procuró apoyo legislativo a las políticas del presidente en relación con China, Bosnia, Haití y México. Observador legislativo experimentado, trabajó a comienzos de la década de 1980 como miembro del personal de la Comisión de Presupuesto del Senado y en la Comisión de Política Demócrata y como ayudante del senador demócrata Robert Byrd, quien a la sazón era jefe de la mayoría senatorial. Esta entrevista la llevó a cabo la redactora de USIS Wendy Ross.
Pregunta: ¿Cuál es el papel de la Oficina de Enlace Legislativo de la Casa Blanca para ayudar a desarrollar la legislación del presidente sobre política exterior?
Griffin: Yo tenía la responsabilidad de desarrollar con mis colegas una estrategia general para adelantar el programa del presidente en el Congreso de Estados Unidos, tanto en el plano interno como en el área de la política exterior. Trabajé directamente con los dirigentes legislativos de ambos partidos en el Senado y en la Cámara de Representantes, en la medida en que era apropiado, a fin de ejecutar la legislación. También trabajé para mantener el mensaje del presidente vivo en su propio partido.
P.: Varios departamentos del gobierno que participan en política exterior tienen sus propias oficinas de enlace legislativo, incluso el Departamento de Estado, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, la Agencia de Información de Estados Unidos y la Oficina del Representante Comercial. ¿Se consultan regularmente esas oficinas y coordinan su enfoque de los problemas?
Griffin: Sí. Permítame darle un ejemplo. Cuando el presidente Clinton tuvo que decidir por primera vez si otorgaba a China la condición comercial de la nación más favorecida (NMF), hubo una reunión que incluyó al secretario de Estado, así como a altos funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional y de la comunidad de inteligencia y otras personas apropiadas. Una vez que se formuló la política, se desarrolló otro proceso que involucró a los equipos legislativos de los organismos que tenían que ver con el caso, para organizar nuestra estrategia a fin de ejecutar la decisión del presidente.
Fue una decisión muy polémica. El presidente, tras reflexionar, había modificado su posición anterior de lo que iba a hacer con respecto a la condición de NMF para China. Al hacerlo, aunque momentáneamente molestó a algunos de sus aliados tradicionales, inclusive algunos de los dirigentes demócratas en la Cámara de Representantes y el Senado, pudo crear una coalición mayoritaria de demócratas y republicanos que apoyaban su propuesta. Yo trabajé entonces con las oficinas de enlace legislativo de los organismos y departamentos interesados, en concierto con este grupo bipartidista para asegurar los votos que necesitábamos a fin de proteger la posición del presidente.
P.: Con respecto a la cuestión de Bosnia, muchos miembros del Congreso se sienten preocupados con la participación estadounidense, en tanto que otros desean que Estados Unidos intervenga. ¿Cómo procuró usted el apoyo legislativo a la política del presidente sobre Bosnia?
Griffin: Al comienzo de su administración, el presidente asumió valientemente, creo, su responsabilidad de formular una nueva política de Estados Unidos en relación Bosnia. Las cuestiones involucradas eran muy complejas y delicadas. Había facciones encabezadas por demócratas que se oponían a diferentes aspectos de la política del presidente. Nos esforzamos por enfrentar estos problemas uno por uno. Cuando se llegó finalmente a conseguir apoyo a la política de acuerdo con la cual operábamos en ese momento, el presidente procuró conseguir el respaldo del liderazgo bipartidista. Y creo que el senador Bob Dole, entonces jefe de la mayoría, fue valiente al salir al frente y apoyar al presidente.
La incapacidad del senador Dole para controlar sus tropas no fue solamente un problema para él sino también para nosotros. Hablé de toda la dinámica que había surgido entre la rama ejecutiva y el Congreso con respecto a la política exterior en este momento particular de la historia, que no tenía nada que ver con los partidos. Inclusicw los dirigentes del Congreso no podían confiar en que sus tropas tomasen una posición activa en los asuntos internacionales. La tendencia a volverse hacia adentro y orientarse hacia los problemas internos estaba por encima de los partidos y era atractiva hasta el punto de que mientras el senador Dole fue en todo sentido el artífice de la ayuda que recibió el presidente, no pudo hacer que sus republicanos respondieran de la manera que a él le habría gustado.
P.: Usted fue el principal enlace de la Casa Blanca con el Congreso en 1994, cuando por primera vez en 40 años los republicanos tomaron el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado. ¿Cómo influyeron los resultados de las elecciones legislativas de mitad de periodo en sus esfuerzos para tratar con el Congreso?
Griffin: Creo que las semillas de las complejidades de la relación entre la rama ejecutiva y el Congreso sobre política exterior se sembraron en 1990 y 1992, antes de las elecciones intermedias. Creo que con el fin de la Guerra Fría, con el derrumbe del muro en Europa, terminó una era y se creó una dinámica muy orientada hacia lo interno en el electorado estadounidense. Se manifiesta, en parte, en las votaciones contra los incumbentes, al sacar a los veteranos y elegir miembros nuevos con programas fuertemente dirigidos a lo interno.
El presidente Clinton también se benefició con este fenómeno. Creo que el presidente Bush perdió las elecciones presidenciales de 1992 debido a los fuertes efectos de estos cambios en el sentimiento de los votantes. Junto con la elección del presidente Clinton llegó un nuevo conjunto de demócratas con una perspectiva dirigida hacia lo interno que las elecciones legislativas de mitad de periodo de 1994 (de 435 miembros de la Cámara de Representantes y una tercera parte de las bancas del Senado) no hicieron sino reforzar. De manera que se estaba desarrollando una tendencia que estaba muy impulsada hacia adentro, con poca sensibilidad hacia una perspectiva internacional. La administración de la política exterior se complicó aún más por el cambio del control del Congreso, de los demócratas a los republicanos como resultado de esas elecciones.
Más aún, la ausencia de una sola amenaza externa amplia a la seguridad nacional tras el fin de la Guerra Fría hizo difícil desarrollar un solo marco de política exterior que pudiera usarse para organizar a los demócratas y a los republicanos.
P.: ¿Puede dar ejemplos de cómo el ambiente actual dificulta a la administración lograr el apoyo del Congreso en cuestiones de política exterior?
Griffin: Absolutamente. Un ejemplo de los problemas que crea fue el rescate de México.
El presidente, tras ser informado una noche por el secretario de Hacienda (Robert) Rubin, quien acababa de jurar su cargo, dijo que necesitábamos actuar para estabilizar la situación financiera mexicana. El presidente estaba allí, listo para actuar. Pero yo consideré que no habría apoyo suficiente en los cuadros y filas del Congreso para apoyar esta propuesta.
El presidente también reconoció esto y les pidió a los cuatro dirigentes del Congreso --el jefe de la minoría senatorial Tom Daschle, el jefe de la minoría en la Cámara de Representantes Dick Gephart, el jefe de la mayoría en la Cámara de Representantes Newt Gingrich y el senador Dole-- que vinieran a la Casa Blanca la mañana siguiente para hablar de cómo actuar.
Todos ellos dieron su apoyo, lo cual fue muy valiente de su parte. Pero no pasó mucho tiempo hasta que todos nosotros nos diéramos cuenta de que sería imposible hacer esto legislativamente. El presidente dijo que todavía teníamos que actuar, y encontró la manera de hacerlo por medio de una orden ejecutiva, bajo su propia autoridad presidencial, eludiendo de esta manera la necesidad de que hubiera acción legislativa.
P.: ¿Hay otros ejemplos?
Griffin: Una cuestión particularmente aguda, desde la perspectiva del Congreso, fue la intervención de Estados Unidos en Haití en septiembre de 1994, que incluyó elementos de política, diplomacia y ámbito militar.
Estábamos en proceso de llegar a las elecciones de mitad de periodo de 1994 y estudiábamos una invasión en una parte del mundo que el Congreso, de una manera amplia, no consideraba un lugar donde necesitáramos estar. El presidente dijo que valía la pena correr el riesgo para promover la democracia, y una vez más el presidente estaba resuelto a avanzar. Desde una perspectiva congresional, no era una decisión que yo quería que tomase, pero era evidente que no iba a retroceder. Para mérito de la gente que elaboró la estrategia, la misma tuvo mucho éxito. Pero pensemos en que había que ir a una elección con la perspectiva de una invasión potencial en un país donde casi nadie en el Congreso quería que estuviéramos, en primer lugar. Me senté allí y me comí las uñas, pero dio resultados; se ejecutó brillantemente. Es un testimonio de la valentía del presidente.
P.: En términos de política exterior, ¿dónde está el poder, en el presidente o en el Congreso?
Griffin: Mi parecer es que se reparte por igual en las ramas ejecutiva y legislativa del gobierno, y la primacía se desplaza de una a otra y viceversa. Creo que la rama ejecutiva tiene la ventaja inicial de formular la política y de ejecutarla. Creo que el Congreso ha tratado continuamente de aumentar su influencia mediante el uso de la Ley de Poderes de Guerra (aprobada por el Congreso en 1973, por encima de un veto presidencial, como una manera de limitar las facultades del presidente de enviar tropas estadounidenses al extranjero sin aprobación legislativa). Mi opinión, en retrospectiva, es que el presidente todavía tiene la ventaja en cuestiones de política exterior porque puede presentar el mensaje al pueblo estadounidense fuera del Congreso, y el Congreso todavía tiene que conseguir mayorías enormes en ambos cuerpos para imponerse a un veto presidencial.
No obstante, el Congreso tiene ventaja absoluta en el proceso de asignaciones (presupuestarias). Vimos eso de la manera más rotunda cuando el Congreso cortó finalmente los fondos para la guerra de Vietnam. Esa facultad de cortar los fondos está siempre allí como una maza que el Congreso puede blandir y que el presidente tiene en cuenta antes de entrar en un conflicto. El sabe que el Congreso tiene en última instancia esa autoridad (de cortar los fondos) y lo anticipa al formular su política, y se preocupa por ella una vez que la política se ejecuta. Eso fue cierto en Haití y en algunas de las conversaciones sobre Bosnia en relación a que el presidente establecía los plazos y cumplía con ellos, conteniendo la misión y al tanto de que el Congreso podía intervenir y comenzar a afectar su política por medio del proceso de asignaciones (presupuestarias). El presidente anticipa todo lo posible los intereses del Congreso al formular y ejecutar su política, con lo cual minimiza mucha de su resistencia.
Agenda de la
Política de los Estados Unidos de América,
Publicaciones Electrónicas de USIS, Vol. 1, No. 9, julio de
1996.