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La vasta mayoría de los refugiados del mundo "no quieren otra cosa que volver a sus patrias, a salvo de peligros y con dignidad", dice Oakley. Observa que Estados Unidos, al colaborar con las agencias humanitarias de las Naciones Unidas, debe continuar haciendo todo lo que pueda para ayudar a que esto sea posible. Oakley -- que dirige la Oficina de Población, Refugiados y Migración del Departamento de Estado -- discutió el 7 de abril, ante la Asociación de las Naciones Unidas en los Estados Unidos de América, el problema de la protección y ayuda a los refugiados. El siguiente artículo es una adaptación de sus palabras).
Las cuestiones humanitarias y aquellas que involucran el desplazamiento de grandes grupos de personas están en el primer lugar del programa de política exterior de Estados Unidos. En mi opinión, cada crisis mundial de hoy implica un aspecto humanitario.
Cuando en 1995 se nombró el primer Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) con el fin de proteger y ayudar a un millón de refugiados que quedaban de la Segunda Guerra Mundial y encontrar soluciones al problema, su tarea se consideró temporal. Cuatro décadas y media después, la ACNUR protege y ayuda a más 26 millones de personas que han huido de la guerra o la persecución en más de 110 países de todo el mundo. El costo es enorme: el año pasado, el gasto anual de la ACNUR sobrepasó los 1.200 millones de dólares.
Durante dos décadas, hemos visto gente huir de la guerra, los conflictos civiles y la persecución: vietnamitas que arriesgaban sus vidas en embarcaciones improvisadas; afganos que se volcaban en Pakistán e Irán; camboyanos que pasaban a Tailandia para evitar la ejecución o el hambre; etíopes hambrientos que se derramaban sobre el Sudán; dos millones de kurdos iraquíes que huían de las fuerzas de Saddam Hussein internándose en las montañas escarpadas que separan Irak de Turquía e Irán.
Las ideas e instituciones imperantes durante la Guerra Fría no contemplaban tales crisis humanitarias ni prescribían lo que debían hacer las naciones para ocuparse de ellas. Al contrario de lo que ocurrió con la doctrina de la seguridad colectiva, no ha habido hasta ahora una doctrina aceptada en cuanto a si se debe responder a problemas como los de Ruanda, Bosnia o Albania, y cómo hacerlo. Zaire puede ser el próximo de estos problemas.
En la mayoría de estas crisis, el mundo se volvió de inmediato a las Naciones Unidas y, en particular, a la ACNUR, para que intervinieran y se hicieran cargo del aspecto humanitario. La ACNUR ha pasado de cumplir con un mandato de protección a dar una respuesta de emergencia, lo que, en mi opinión, está haciendo bien.
La Oficina de Población, Refugiados y Migración del Departamento de Estado provee básicamente el financiamiento estadounidense de la ACNUR -- nuestro compromiso no escrito es el de contribuir con el 20 al 25 por ciento de los requerimientos de la ACNUR -- y a otras agencias de las Naciones Unidas, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y la Organización Internacional para la Migración (OIM).
Colaboramos muy estrechamente con muchas agencias de las Naciones Unidas en el aspecto que concierne a los refugiados, particularmente con la ACNUR, el Programa Mundial Alimentario (PMA), la Agencia de Socorro y Obras de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (ASONURP), y también con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, por supuesto, con las mismas Naciones Unidas. Un gran porcentaje de la cuenta de refugiados y migración, que administra la Oficina de Población, Refugiados y Migración, se destina a las agencias de las Naciones Unidas con las que trabajamos. En el año fiscal 1996, nuestro prespuesto total fue de casi 671 millones de dólares -- poco más de 493 millones se destinaron a ayuda en el extranjero, el resto a admisión de refugiados, el United Israel Appeal y gastos administrativos.
Más de 323 millones de dólares de nuestro presupuesto se entregó a cinco agencias diferentes de las Naciones Unidas:
232 millones de dólares a la Alta
Comisionada de las
Naciones Unidas para los Refugiados
77 millones a la Agencia de Socorro y
Obras de las Naciones
Unidas
12 millones al Programa Mundial
Alimentario
1 millón a las Naciones Unidas y su
Departamento de
Asuntos Humanitarios
1 millón a la Organización
Mundial de la Salud
Al CICR se le entregó un total de 110 millones de dólares; por mandato congresional, debemos proveer el 10 por ciento del presupuesto de operaciones de la sede central del CICR. El resto de los 493 millones de dólares fue a la Organización Internacional para la Migración y a organizaciones no gubernamentales.
Permítanme ahora discutir algunos de nuestros problemas.
Proteccion versus Ayuda Humanitaria
La protección de los refugiados ha sido incorporada a las leyes tanto internacionales como nacionales. Se parte de la premisa de que no debe obligarse a la gente a dejar sus hogares. Aquellos que se vean obligados a hacerlo deben ser protegidos en los lugares a los cuales huyen, y no deben ser obligados a regresar si el regreso podría someterlos a persecución.
Con respeto a la ayuda humanitaria, nuestras obligaciones no son legales sino morales.
Desde la puesta en vigor de la Convención de las Naciones Unidas para los Refugiados de 1951, las metas internacionales de protección de los refugiados y provisión de asistencia humanitaria han sido congruentes. Recientemente, sin embargo, la comunidad internacional se ha visto enfrentada a tres casos donde dos objetivos parecen estar en conflicto. ¿Qué interés es más importante, hacer valer la ley de refugiados o impedir el sufrimiento?
Bosnia
La comunidad internacional se vio enfrentada por primera vez a ese problema en Bosnia. Los serbios declararon su intención de "depurar" determinadas zonas. Faltos de medios para resistir a los serbios, los bosnios musulmanes y los croatas podían partir o sufrir la expulsión o algo peor.
La alta comisionada de las Naciones Unidas para los refugiados, con el apoyo de Estados Unidos y otros países donantes, podía ayudar a partir a las poblaciones amenazadas o esperar que se descargara el golpe para entonces ayudar a las víctimas. La evacuación significaba abandonar el principio de la gente tiene derecho a vivir libre de peligros en su hogar -- lo que, en efecto, habría ayudado a los serbios a lograr un objetivo de guerra. No ayudar a la evacuación expondría a la gente al peligro, puesto que la huida en medio del pánico podría conducir a la separación de las familias, a pérdida de propiedad y a conflicto con la gente de las zonas de recepción de refugiados.
Las Naciones Unidas trataron de resolver este problema mediante el concepto de áreas de seguridad o protección en el lugar. Las tragedias de Srebrenica y Zepa probaron cuán inadecuada puede ser tal protección.
La opción no es nada agradable. ¿Deberíamos haber resistido el desplazamiento étnico y, ahora, apoyar el regreso obligatorio, incluso a riesgo de que sufriera más gente y que volviera la guerra, o deberíamos haber dejado de lado estos principios y mantener a la gente separada en el interés de evitar o mitigar el sufrimiento?
Ruanda
En Ruanda el problema fue aun más evidente. Dos principios, ambos valiosos, entraron en conflicto. Para 1996, Estados Unidos y los países que recibían a los refugiados -- Zaire, Tanzania y otros -- creían que era hora de que los refugiados volvieran a Ruanda. Los recursos para ayudarlos en los países donde habían recibido asilo inicial, se iban agotando.
Sin embargo, los refugiados no estaban dispuestos a regresar o, como lo sabemos ahora, eran mantenidos en rehenes por elementos armados que se encontraban entre ellos. ¿Qué podía hacer, entonces, la comunidad internacional? ¿Debía interrumpir la ayuda en los países que habían concedido asilo inicial? ¿Debía optar por el regreso no voluntario? Ambas soluciones habrían estado en contra de los principios internacionales del refugio, y, sin embargo, ¿cómo podríamos haber seguido pagando los costos enormes de la ayuda dispensada en los campamentos?
El gobierno de Zaire no brindaba seguridad en los campamentos -- la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Refugiados, la señora Sadako Ogata, tenía su propio ejército alquilado. Los campamentos de convirtieron en un semillero de incursiones hutus en Ruanda, lo que significó una situación insostenible.
Este problema quedó resuelto para nosotros cuando el conflicto en el este de Zaire llevó a la repatriación en masa de la mayoría de los ruandeses que habían buscado refugio allí. Esto, a su vez, fue el catalizador del regreso de cerca de medio millón de otras personas desde Tanzania. Muchos otros, empero, huyeron hacia el oeste -- todavía controlado por los militares hutus o por grupos de milicianos -- y hoy se encuentran en una condición terrible.
Los Vietnamitas
Un tercer problema con el que hemos bregado el año pasado fue el de cómo poner fin a la increíble tragedia de los vietnamitas que huían de su país en embarcaciones improvisadas. Esta tragedia ha durado más de 20 años. Más de un millón de vietnamitas se han reubicado en Estados Unidos, y muchos miles más han ido a otros países.
¿Cómo podíamos convencer de que regresaran a su patria a aquellos que se había determinado que no eran refugiados y que permanecían en campamentos donde habían recibido asilo inicial? ¿Por cuánto tiempo más podíamos pedirles a los países de la región que mantuvieran campamentos y solicitarles a los donantes que pagaran el alto costo de atenderlos, cuando se había determinado que no eran refugiados, y cuando pesaban sobre nuestros recursos y los de la ACNUR muchas más demandas urgentes? Hoy, sólo alrededor de 4.000 permanecen en campamentos de Hong Kong, mientras que otros 2.000 siguen en las Filipinas.
Nos esforzamos por atender de un modo práctico todas estas situaciones. Pero, si nos vemos obligados a elegir, creo que el interés humanitario debería prevalecer. Debemos encontrar la solución que perjudique al menor número posible, o que perjudice menos. Nuestros principios guías para ocuparnos de la migración forzada deben seguir siendo nuestro compromiso a brindar asilo inicial, mediante la protección, la ayuda humanitaria internacional, la repatriación voluntaria y libre de peligros, y la reubicación, cuando sea necesario. La vasta mayoría de los refugiados no quieren otra cosa que volver a sus patrias, a salvo de peligro y con dignidad. Debemos seguir haciendo todo lo posible para posibilitarlo.
Para lograr esto, es necesario mantener el liderazgo estadounidense en el mundo y en las Naciones Unidas. Es necesario mantener apoyo concreto a la democracia y el desarrollo. Es necesario hacerles saber a nuestros aliados y adversarios que Estados Unidos hará lo que debe hacer para cumplir con sus compromisos.
Agenda de la
política exterior de los Estados Unidos de
América
Publicación Electrónica del
USIS, Vol. 2, No. 2, Mayo de 1997