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Algunos miembros del Congreso han apoyado o criticado públicamente a las Naciones Unidas. Las declaraciones siguientes, ofrecidas para ser publicadas aquí, son una muestra de sus opiniones.
SENADOR JESSE HELMS (Republicano por Carolina del Norte)
En la forma en que funciona actualmente, las Naciones Unidas no merecen el continuo apoyo de Estados Unidos. Su burocracia está proliferando, sus costos continúan aumentando y su misión sigue ampliándose más allá de su mandato --y de su capacidad--. Y lo que es peor, con la creciente expansión de tamaño y ámbito de actividades, las Naciones Unidas se están transformando de una institución de naciones soberanas en una entidad cuasisoberana. Esa transformación representa una evidente amenaza a los intereses nacionales de Estados Unidos. Aun más grave es el hecho de que es una transformación que está siendo financiada, principalmente, por el contribuyente estadounidense. Estados Unidos, que contribuye todos los años más de $3.500 millones de dólares al sistema de las Naciones Unidas en general, es el benefactor más generoso de esta organización ineficaz y ávida de poder.
Esta situación es insostenible. Las Naciones Unidas necesitan una reforma radical. Una reforma fructífera logrará los objetivos gemelos de poner fin a la injerencia en la soberanía de los países estados y al mismo tiempo utilizar unas Naciones Unidas radicalmente reducidas para ayudar a los países soberanos a hacer frente a algunos problemas transfronterizos. Segundo, tiene que reducirse, como mínimo al 50 por ciento, la burocracia de las Naciones Unidas. Tercero, es preciso acabar con los superfluos comités y conferencias. Cuarto, el proceso de la preparación del presupuesto de las Naciones Unidas tiene que modificarse radicalmente. Por último, es preciso reformar las actividades de mantenimiento de la paz.
Ha llegado el momento de que Estados Unidos presente su ultimátum: o las Naciones Unidas emprenden una reforma rápida y radical, o Estados Unidos renunciará a su condición de miembro. Si las Naciones Unidas no están claramente en la vía de la reforma real bastante antes del año 2000, creo que debemos retirarnos de la Organización. No debemos entrar en el nuevo milenio con la actual estructura de las Naciones Unidas en vigor. Estados Unidos tiene la responsabilidad de dejar bien claro cuáles son los problemas que aquejan a esta organización, cuáles son las cotas de referencia para la reforma apropiada, y qué medidas estamos dispuestos a adoptar si esas cotas de referencia no se alcanzan para una fecha fija.
Las Naciones Unidas se resistirán, sin duda, a cualquier tipo de reforma, sobre todo muchos de sus miembros más pequeños y menos adelantados, que se benefician del actual sistema y obtienen influencia vendiendo su soberanía a la organización. Por eso es por lo que el secretario general tiene ante sí una labor ingente: su... mandato será nada menos que salvar a las Naciones Unidas de sí mismas, demostrar que no son inmunes a la reforma y que pueden reducirse, controlarse y utilizarse para contribuir a atender a las necesidades de seguridad del siglo XXI. Esta es una tarea colosal, y, tal vez, imposible. Pero si no se puede hacer, entonces las Naciones Unidas no merecen ser salvadas. Y si no se hace, yo, por mi parte, me pondré al frente de la carga para conseguir la retirada de Estados Unidos.
(Las declaraciones del senador Helms son un extracto de un artículo que escribió para el número de septiembre-octubre de 1996 de la revista Foreign Affairs).
REPRESENTANTE JIM LEACH (Republicano por Iowa)
Poco después de la fundación de Estados Unidos, George Washington advirtió a la joven nación del peligro de las "alianzas enrevesadas". Aunque el mundo en el que se hizo esta advertencia se desvaneció hace largo tiempo, aun perdura la ambivalencia, si no la tensión, en la psique estadounidense entre el aislacionismo y el internacionalismo; entre un presuntuoso individualismo y la compartición de responsabilidades mundiales. Ningún tema demuestra mejor esta tensión que el debate actual sobre el pago de los atrasos de Estados Unidos a las Naciones Unidas.
A medida que el mundo se acerca cada vez más a una economía mundial, las Naciones Unidas representan el principal foro de la diplomacia mundial en el que se puede afianzar el derecho internacional y se pueden abordar los problemas mundiales. Por tanto, la salud de la economía de Estados Unidos y del mundo depende de una Naciones Unidas estables y bien financiadas que ofrezcan un marco para el logro de los objetivos universales de derechos humanos, comercio justo y abierto, medio ambiente mundial libre de contaminación y control de armas. Es una ironía que incluso cuando estos objetivos estadounidenses básicos de política exterior están siendo promovidos por las Naciones Unidas, Estados Unidos sigue en mora en el pago de sus cuotas para el mantenimiento de la paz.
Muchos representantes en el Congreso han vinculado el pago de nuestros atrasos a cuestiones legítimas sobre la necesidad de reformar la administración de las Naciones Unidas. No obstante, los objetivos inalcanzables y las demandas unilaterales caprichosas sólo pueden aumentar el resentimiento de muchos países por lo que consideran arrogancia de Estados Unidos respecto a las Naciones Unidas.
Una reforma cuidadosamente realizada, resultado de negociaciones multilaterales y cooperación, junto con el pago íntegro de los atrasos adeudados a las Naciones Unidas sería un importante primer paso hacia la restauración de la confianza en el liderazgo internacional de Estados Unidos.
En el ocaso del siglo XX, nada más ingenuo que sugerir que los intereses nacionales de Estados Unidos deben depender de la promoción de una política extranjera estrecha y nacionalista que rehúye la solución cooperativa de los problemas, descarta la búsqueda de soluciones pacíficas de las diferencias, fustiga los intentos de establecer instituciones económicas y políticas, y desprecia el mantenimiento colectivo de la paz sobre la base del imperio del derecho.
El contraste de los límites manifiestos del poderío de Estados Unidos y el alcance mundial de sus intereses dan a la cooperación multilateral y el reparto de la carga carácter imperativo, y hacen que el liderazgo de Estados Unidos en unas Naciones Unidas eficaces sea esencial. Renunciar a asumir el liderazgo en el primer foro mundial de la diplomacia multilateral por impago de nuestras obligaciones equivale nada menos que a una retirada estratégica.
REPRESENTANTE ROSCOE G. BARLETT (Republicano por Maryland)
Mi opinión sobre las Naciones Unidas es muy clara. No redunda en el mejor interés del contribuyente de Estados Unidos pagar nuestros "derechos" a unas Naciones Unidas que no toman en consideración todas las demás formas de asistencia que hemos prestado.
Por esta razón, presenté la propuesta 934, "Ley de la errónea deuda a las Naciones Unidas" que ahora tiene 58 patrocinadores y el apoyo de millones de estadounidenses. Mi proyecto de ley prohibiría todo pago a las Naciones Unidas hasta que se acrediten o reembolsen a Estados Unidos miles de millones de dólares de asistencia para el mantenimiento de la paz a organizaciones mundiales.
Un informe de la Oficina General de Contabilidad (GAO) (Operaciones de paz, GAO/NSLAD-96-381) indica que Estados Unidos contribuyó con $6.600 millones a las operaciones militares y de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas durante los años fiscales 1992-95. Sin embargo, las Naciones Unidas sólo dedujeron $1.800 millones de esa cantidad de los "derechos" de Estados Unidos y nos reembolsaron tan sólo $79 millones. Después de deducir los $1.300 millones de la deuda reclamada por las Naciones Unidas, queda un saldo de $3.500 millones por sobrepago a favor de Estados Unidos.
Las alegaciones de que Estados Unidos está en mora y que el Congreso debe pagar lo que exigen las Naciones Unidas o, de otro modo, quebrantaremos nuestras obligaciones en virtud del tratado son inexactas. La verdad, irónicamente, está contenida en la publicación de las Naciones Unidas "Image and Reality". Esta publicación señala que las acciones de la Asamblea General, organismo de las Naciones Unidas que decide el presupuesto y fija las "cuotas", "no son vinculantes legalmente" para los Estados miembros. Incluso si esto no fuera así, el Congreso se reserva el derecho, con arreglo a la Constitución de Estados Unidos, de financiar las actividades de las Naciones Unidas que van en nuestro interés nacional. Los pagos a las Naciones Unidas por Estados Unidos son estrictamente voluntarias. Las Naciones Unidas no tienen ningunos derechos.
Hasta que se resuelvan las cuentas de las Naciones Unidas, el organismo mundial no debe recibir un penique de los dólares ganados con el duro esfuerzo del contribuyente estadounidense. Es una cuestión de sentido común.
En una carta dirigida a mí el 18 de abril de 1997, el presidente Clinton decía que las Naciones Unidas no tienen que reembolsar a Estados Unidos los costos que he descrito, como "asistencia adicional voluntaria a una operación de mantenimiento de la paz". Esta aseveración le hace a uno preguntarse si la Constitución otorga al presidente Clinton la autoridad de "ofrecer con carácter voluntario" recursos de Estados Unidos a operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas sin la previa aprobación del Congreso. Evidentemente, no se la otorga.
Las Naciones Unidas y el gobierno parecen están actuando en el supuesto de que el Congreso de Estados Unidos, dolido por la alegación de "aprovechado", al final acabará pagando, tal vez con el pretexto de la "reforma" de las Naciones Unidas. Que no estén tan seguros. Los contribuyentes y el Congreso de Estados Unidos no aceptan esta solución y no pagarán esta factura de compras de las Naciones Unidas.
REPRESENTANTE ANNA ESHOO (Demócrata por California)
Estados Unidos les debe a las Naciones Unidas cerca de 1.000 millones de dólares en cuotas ordinarias y operaciones de mantenimiento de paz, a pesar de la obligación que asumimos por tratado de efectuar tales pagos. El compromiso de Estados Unidos, de larga data, y sus ideales se ven amenazados por las teorías de corto plazo del Congreso.
La retención de fondos es una forma en que Estados Unidos puede comunicar la necesidad de realizar serias reformas internas en las Naciones Unidas. Esa comunicación se recibió. La ONU ya ha reducido el personal de su sede en 10 por ciento, ha mantenido un presupuesto de crecimiento nulo durante los últimos dos años y ha ofrecido realizar reformas aún más difíciles administrativas y fiscales. A la luz de estas respuestas positivas a las demandas estadounidenses, la negativa persistente del Congreso a cumplir sus obligaciones financieras ya no se justifica.
Si Estados Unidos continua siendo un gorrón mundial, las Naciones Unidas perderán su capacidad de llevar a cabo misiones importantes para la política exterior estadounidense, tales como la promoción de los derechos humanos, el control de la proliferación de las armas de destrucción en masa, la propagación de la democracia y la prevención de conflictos mundiales.
Tanto las administraciones demócratas como las republicanas han apoyado tradicionalmente a las Naciones Unidas, pero hoy las labores de reforma en este organismo mundial corren peligro debido a una grave crisis financiera causada, en parte, por el retraso en los pagos de las cuotas de Estados miembros. El Congreso debe cumplir las obligaciones financieras de Estados Unidos con las Naciones Unidas en forma cabal y oportuna, conforme al Derecho internacional y a la posición de Estados Unidos como uno de los fundadores y miembro responsable de las Naciones Unidas.
REPRESENTANTE RON PAUL (Republicano por Texas)
George Washington advirtió a Estados Unidos de la necesidad de tener cautela con las "alianzas embrolladoras". Washington comprendió claramente lo que desde entonces se ha desconocido u olvidado: los líderes extranjeros no hacen lo que es de interés óptimo para Estados Unidos, ni puede esperarse que lo hagan. Los estadounidenses deben liderar a Estados Unidos y no ceder autoridad a organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y demás.
Así se trate de un argumento económico o constitucional o relacionado con la defensa, es obvio que nuestro país debe retirarse de organismos internacionales y de acuerdos que suplantan nuestra soberanía nacional.
Viviremos en tiempos de seguridad fiscal sólo cuando nuestros líderes estén libres para liderar. Los estadounidenses deben obrar con cautela frente a acuerdos y tratados internacionales que sólo sirven para alejar más a los funcionarios elegidos de los procesos de adopción de decisiones que afectan nuestra economía. Para los partidarios del comercio libre los acuerdos como el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) son un paso atrás. Quienes se benefician de estos acuerdos no son los propietarios de pequeñas empresas o empresarios, sino las sociedades anónimas internacionales.
Al mismo tiempo, los activistas laborales no ganan nada de estos acuerdos internacionales. Nuestras leyes nacionales de transporte terrestre de carga son un ejemplo. Durante el curso de las últimas décadas activistas laborales y en el campo de la seguridad lograron obtener apoyo legislativo en favor de pautas para los vehículos automotores y de regulaciones de transporte estrictas. En virtud de acuerdos internacionales, estas pautas podrían lanzarse al aire porque las leyes representan "barreras" a la industria camionera extranjera, que no tiene que satisfacer nuestras pautas nacionales.
Los ambientalistas también deberían preocuparse. Según los diversos tratados y acuerdos internacionales, es probable que las pautas ambientales que han sido promulgadas en el país sean anuladas por tribunales internacionales por razones similares.
Nuestra participación en las Naciones Unidas es, en el mejor de los casos, constitucionalmente dudosa. Nuestros líderes nacionales cedieron poderes a la ONU de los que no podían disponer. El pueblo permite al gobierno existir y funcionar. El gobierno no puede entregar a entidad alguna (ya sea un gobierno extranjero o una organización internacional) ningún poder, por la sencilla razón de que el gobierno no tiene poder para dar.
Quizá el peor aspecto de nuestra participación en la ONU está en nuestras bajas militares. Desde la llamada "acción policial" en Corea hasta los recientes debacles en Somalia, Bosnia y Haití, soldados estadounidenses (en servicio a instancias de la ONU) perdieron la vida en busca de objetivos que no eran la defensa de nuestra nación. En Somalia, el cadáver de un soldado estadounidense fue arrastrado por las calles; no puedo menos de preguntarme si a sus comandantes de la ONU les importó o si estaban tratando de encontrar el próximo conflicto regional o proyecto de tecnología social mundial en que meterse y arriesgar más la vida de nuestros soldados.
La defensa de nuestra nación ha sido intrínsicamente debilitada por nuestra participación en las Naciones Unidas. A medida que nuestras tropas se dispersan por el mundo obedeciendo a las órdenes de la ONU, nuestras fronteras están menos seguras y los ciudadanos, la propiedad y la forma de vida estadounidenses se ponen en peligro innecesariamente. Incluso fuera de consideraciones económicas, constitucionales y de defensa, nuestra participación en las Naciones Unidas es pragmáticamente un mal negocio.
Nuestro país ha cargado con casi todo el peso del costo de la ONU, sin ningún beneficio. La ONU repetidamente ha hecho gestos de burla a las políticas e ideales estadounidenses. Hemos pagado literalmente miles de millones de dólares a la ONU y todavía demandan más de nuestros contribuyentes. La ONU toma el dinero del contribuyente estadounidense e invariablemente lo utiliza de una manera contraria al interés óptimo de nuestro país. Se trate de la economía, la defensa o de infracciones de estacionamiento de diplomáticos de la ONU en Nueva York, las Naciones Unidas y sus políticas son la antítesis de nuestro patrimonio nacional, nuestra Constitución y aún el sentido común básico.
Debemos tener la libertad, como nación soberana, de establecer nuestras políticas sin la coerción de órganos internacionales hostiles para conformarnos a intereses ideológicos que son contrarios a la filosofía estadounidense. Aunque está muy bien que la ONU siga existiendo, sus planes ya no deben incluir a Estados Unidos. Esta política responde al interés óptimo de nuestros ciudadanos, nuestro mercado y aún, ciertamente, la seguridad de nuestra nación.
REPRESENTANTE TOM LANTOS (Demócrata por California)
Nosotros, en el área de la Bahía de San Francisco, tenemos un compromiso especial con las Naciones Unidas. La conferencia que dio origen a la ONU tuvo lugar en nuestra ciudad de San Francisco en junio de 1945 y hace apenas dos años recordamos el 50vo. aniversario de esa ocasión histórica con una importante celebración en San Francisco.
En este momento el Congreso de Estados Unidos está en el proceso de decidir sobre el pago de cuotas atrasadas a las Naciones Unidas. El gobierno estadounidense actualmente paga una cuarta parte del costo del presupuesto ordinario de la ONU y cerca de un tercio de las contribuciones especiales para el mantenimiento de paz y otras actividades especiales de la ONU.
En el pasado, Estados Unidos retuvo parte de nuestro pago porque el presupuesto de la ONU estaba fuera de control y ningún funcionario de la ONU estaba dispuesto a tomar las medidas necesarias para reducir los gastos inflados o a hacer la organización más eficaz en función de los costos. En momentos en que se pedía a los contribuyentes estadounidenses que aceptaran recortes en los servicios gubernamentales, a fin de reducir nuestro propio déficit presupuestario, no podíamos continuar pagando la misma proporción de un presupuesto de la ONU en constante aumento.
Obviamente, han existido graves problemas en la administración y operaciones de las Naciones Unidas. Como presidente de la Subcomisión sobre seguridad internacional, organizaciones internacionales y derechos humanos del 103r. Congreso (1993-1994), realicé varias audiencias sobre las reformas de la ONU y he apoyado la legislación para alentar los esfuerzos de reforma en las Naciones Unidas.
Hemos progresado. El nuevo Secretario General de la ONU, mi buen amigo Kofi Annan, ha avanzado en la solución de estos problemas y persiste en su esfuerzo. Debemos continuar presionándolo para que realice los cambios en las operaciones de la ONU que mejoren la eficacia de esta importante Organización.
Por esta razón apoyo firmemente los esfuerzos del presidente Bill Clinton y de la Secretaria de Estado Madeline Albright para solucionar el problema de los retrasos de Estados Unidos en los pagos a las Naciones Unidas. Nosotros, en Estados Unidos, debemos pagar en su totalidad lo que debemos a la ONU. En todo respecto, el funcionamiento eficaz de las Naciones Unidas beneficia nuestros propios intereses nacionales y, por tanto, nos interesa continuar trabajando para moldear las políticas de la ONU que responden a nuestras inquietudes nacionales. Nuestra capacidad para influir en las ONU disminuye considerablemente si no pagamos nuestra justa contribución a las operaciones de esa Organización. La única superpotencia que sobrevive no debe ser un gorrón.
Un grupo de estudio bipartidario de la Cámara y el Senado colabora con la administración en la solución de este problema. En mi opinión, este es uno de los asuntos más importantes ante el Congreso y quiero reafirmar mi compromiso con la solución del problema y mi apoyo a los esfuerzos de las Naciones Unidas para llegar a ser el instrumento más eficaz y efectivo para resolver controversias internacionales, aliviar las crisis de carácter humanitario y acrecentar la colaboración entre las naciones.
Agenda de la
política exterior de los Estados Unidos de
América
Publicación Electrónica del
USIS, Vol. 2, No. 2, Mayo de 1997