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El escepticismo en relación con las Naciones Unidas que muchos estadounidenses expresan en la actualidad, incluso miembros del Congreso, se arraiga en la historia de Estados Unidos y en la convicción en la libertad individual, dice Bolton. Estas opiniones "deben ser comprendidas por quienes formulan la política en otros países", expresa, para darles "expectativas realistas" sobre el papel importante aunque limitado que pueden desempeñar las Naciones Unidas en los asuntos internacionales en el futuro previsible. El señor Bolton es el vicepresidente principal del American Enterprise Institute. Durante el gobierno de Bush fue secretario de estado adjunto para asuntos de las organizaciones internacionales.
Para muchas personas en todo el mundo, incluso amigos cercanos y aliados de Estados Unidos, es desconcertante el escepticismo que muchos estadounidenses, incluso miembros del Congreso, tienen acerca de las Naciones Unidas. En virtualmente todas las otras naciones, el apoyo a las Naciones Unidas, tanto a nivel popular como de formulación de política, es casi incuestionable, al menos retóricamente. Según lo entiende el público, las contribuciones establecidas se pagan regular y completamente, muchas personas aspiran a trabajar en los organismos de las Naciones Unidas, y se percibe a la organización mundial como una institución superior a la nación estado y mejor que ella.
Las actitudes contrastantes de los escépticos estadounidenses son únicas de Estados Unidos, están muy arraigadas y no cambiarán en ningún momento en el futuro cercano. El escepticismo acerca de las Naciones Unidas es otro aspecto de lo que los estudiosos han calificado del "carácter excepcional estadounidense", o sea la idea de que Estados Unidos, para decirlo simplemente, es diferente de todos los otros países.
Estoy completamente de acuerdo, y me gustaría explicar aquí por qué esa diferencia explica la oposición y la vacilación acerca de las Naciones Unidas que se expresa en el Congreso y entre los segmentos del público estadounidense. Creo firmemente que estas opiniones deben ser comprendidas mejor por quienes formulan la política en otros países, quienes se perjudican gravemente a ellos mismos e incluso a las Naciones Unidas al escuchar solamente a los estadounidenses partidarios de las Naciones Unidas.
La falta de comprensión de las opiniones de los críticos estadounidenses conduce inevitablemente al punto de vista errado de que los problemas que enfrentan hoy las Naciones Unidas son primordialmente monetarios, causados por el hecho de que Estados Unidos y otros países no están pagando parte de sus contribuciones establecidas. En efecto, la propia administración Clinton parece afirmar que las reformas barrerían las Naciones Unidas si solamente el Congreso asignase el dinero suficiente. Pero esta "solución" fácil no toma en cuenta el hecho de que el verdadero problema de la ONU en la actualidad es una crisis de legitimidad, no de dinero, y fue causada, en parte, por las graves dudas acerca de la organización mundial dentro de Estados Unidos.
Primero, toda la historia de Estados Unidos, desde los primeros colonos hasta la revolución, y desde entonces hasta la actualidad, ha sido infundida de una desconfianza hacia el gobierno y una creencia en la libertad individual. Estados Unidos es una tierra de impuestos más bajos, menos reglamentaciones y subsidios gubernamentales, más libertad de expresión y de prensa, más tolerancia de las diversas expresiones religiosas y así por el estilo. Aunque otros países individuales puedan ser mejores que Estados Unidos en una u otra de estas categorías, en su conjunto no hay una verdadera competencia.
Debido a que los estadounidenses generalmente son escépticos acerca de su propio gobierno, ¿puede sorprender que muchos no tengan mayor entusiasmo por las Naciones Unidas, una organización que incluye otros 184 gobiernos? Más aún, la actividad principal de las Naciones Unidas es actividad gubernamental, que es legítima en la mayor parte de los casos, pero ciertamente es raro encontrar capitalistas auténticos caminando por los salones de la ONU. Esta profunda desconexión filosófica entre las características predominantes de las Naciones Unidas y el enfoque estadounidense fundamental hacia el gobierno no es algo que vaya a cambiar en el futuro previsible.
Segundo, los estadounidenses recordarán los insultos proferidos en las Naciones Unidas contra ellos, su país y sus valores durante el período de 1960 a 1990. Aunque eran gobiernos miembros los que proferían los insultos, no las Naciones Unidas como organización, la imagen creada es perdurable. Se puede decir que "el mundo ha cambiado", como lo ha hecho realmente de manera espectacular desde aquellos días, pero la hostilidad engendrada durante aproximadamente tres décadas no se disipará de la noche a la mañana.
Consideremos dos ejemplos. En 1975 la Asamblea General adoptó la Resolución 3379, que calificaba al "sionismo" como una forma de "racismo". Para una mayoría abrumadora de estadounidenses esta resolución representaba semejante repudio fundamental de los principios básicos de la ONU que una eventual retirada estadounidense llegó a ser una alternativa viable a estar sometidos a un abuso interminable, repetitivo y sin pensar. En efecto, hicieron falta 16 años hasta que la administración Bush, después de muchos esfuerzos, logró conseguir la revocación del lenguaje repulsivo de la Resolución 3379 en 1991.
El otro ejemplo es el concepto del "Nuevo orden económico internacional" (complementado por su primo, el "Nuevo orden mundial de la información y las comunicaciones". Aunque el Nuevo orden económico mundial tuvo muchos aspectos de política, el que más se entendió en Estados Unidos fue la noción de que el mundo desarrollado tenía la obligación de transferir recursos al Tercer Mundo. No sólo la "obligación" misma fue rechazada por Estados Unidos, sobre una amplia base bipartidista, sino también la teoría económica subyacente atribuía los problemas del mundo menos desarrollado al sistema capitalista. Aunque el Nuevo orden económico internacional quedó enterrado, su recuerdo sigue vivo en Washington.
Tercero, incluso en épocas más recientes, las Naciones Unidas estuvieron asociadas con fracasos importantes de política que la han tornado en un vehículo poco atractivo para conducir la política exterior estadounidense a través de ella. Por ejemplo, en el área del mantenimiento de la paz, prioridades estadounidenses de política exterior sumamente importantes han sido contrariadas por las misiones de mantenimiento de la paz ordenadas por el Consejo de Seguridad. Aunque esas misiones, como la de Somalia, podrían haber sido apoyadas en el momento por la administración en el poder, ahora es improbable que sean apoyadas por mayorías parlamentarias en el futuro cercano.
En el caso de Somalia, la administración Clinton quería probar su nueva iniciativa política para las Naciones Unidas de "multilateralismo firme", un método dirigido a distinguir a la administración claramente de la política menos avanzada del gobierno de Bush. Consecuentemente, el presidente Clinton apoyó el método llamado de "construcción de la nación" en Somalia, que involucra una presencia grande y penetrante de las Naciones Unidas, apoyada fuerte y visiblemente por la participación militar y política de alto nivel de Estados Unidos.
Sin embargo, cuando 18 soldados estadounidenses fueron muertos en Mogadishio, también murió la política de "multilateralismo firme" del presidente Clinton. Hubo muchas críticas en el Congreso y la administración ni siquiera pudo explicar adecuadamente cual era su política en Somalia.
Incluso la suerte del ex secretario general Boutros Boutros-Ghali demuestra las dificultades que enfrentan las Naciones Unidas en la política estadounidense contemporánea. Un observador justo e independiente llegaría a la conclusión de que Boutros-Ghali estaba dispuesto a seguir el liderazgo de la política estadounidense de "multilateralismo firme" en 1993. Posteriormente, sin embargo, el presidente Clinton se apartó de esa política y Boutros-Ghali quedó, en efecto, en una situación precaria.
Cuando después Boutros-Ghali fue objeto de críticas dentro de Estados Unidos por su conducción de las Naciones Unidas, el presidente Clinton prometió vetar su reelección. El hecho obvio de que competía con republicanos escépticos acerca de las Naciones Unidas demuestra convincentemente donde creía el presidente Clinton que se hallaba el equilibrio de la opinión del Congreso en este asunto, y sobre las Naciones Unidas en general.
¿Qué significa, entonces, el análisis anterior para las Naciones Unidas y para el papel de Estados Unidos dentro de la organización? Significa primordialmente que el resto del mundo debería tener expectativas realistas de que las Naciones Unidas tienen un papel limitado que desempeñar en los asuntos internacionales en el futuro previsible. Aunque ese papel puede ser importante, hay que verlo en perspectiva. Por lo tanto, durante la crisis del golfo Pérsico, el Consejo de Seguridad de la ONU sirvió como elemento crítico para desarrollar la coalición internacional que se opuso y revirtió la agresión no provocada de Saddam Hussein contra Kuwait. Desde la guerra de Corea las Naciones Unidas no habían desempeñado un papel tan importante en el manejo de una crisis internacional de envergadura, ni nunca antes la diplomacia estadounidense se había concentrado tanto en las Naciones Unidas. Desafortunadamente, sin embargo, muchas personas extrajeron las lecciones erróneas del papel de la ONU en el golfo Pérsico, contribuyendo en parte, por lo tanto, al desastre de Somalia.
Creo que las Naciones Unidas pueden ser un instrumento útil en la conducción de la política exterior de Estados Unidos. Esa es la razón por la cual, por ejemplo, incluso como ciudadano privado, estoy dispuesto a ayudar a mi ex jefe, el ex secretario de estado Jim Baker, en su capacidad como emisario personal del secretario general de la ONU designado recientemente para evaluar la situación en el Sahara Occidental. El secretario Baker y yo nos reunimos con Kofi Annan el 2 de abril y viajaremos a la región, a solicitud del secretario general, para evaluar la situación allí y para hacerle recomendaciones a él y al Consejo de Seguridad.
Nadie, sin embargo, debería hacerse ilusiones de que el apoyo estadounidense a las Naciones Unidas como una de varias opciones para ejecutar la política exterior de Estados Unidos se traduce en un apoyo ilimitado a una variedad más amplia de otras funciones de las Naciones Unidas. Eso no es cierto ahora ni lo será durante un largo tiempo, si es que alguna vez llega a serlo.
Agenda de la
política exterior de los Estados Unidos de
América
Publicación Electrónica del
USIS, Vol. 2, No. 2, Mayo de 1997